Los primeros asentamientos aborígenes

Los asentamientos aborígenes más antiguos se sitúan en las zonas bajas de La Breña. Las primeras gentes que arribaron a la isla desde el vecino continente africano se instalaron preferentemente en las cuevas naturales que encontraron en la desembocadura de los barrancos costeros y en la base de los acantilados (Los Guinchos y Los Cancajos).

Así, el litoral marino se convirtió en uno de los pisos de preferente explotación aborigen. La recolección de lapas, burgados, púrpura y ostrón alcanzaron gran importancia en los momentos iniciales de poblamiento. La aparente elección de la zona costera vino motivada por dos posibles causas: el escaso conocimiento del lugar de arribada y las posibilidades que ofrecen las costas como lugar de abastecimiento inicial.

Colonizadas las zonas costeras, los aborígenes eligieron como lugar de habitación las cuevas situadas en laderas de solana, de buena accesibilidad y cercanas a lugares con agua, pastos y buenas condiciones de cultivo.

Características de las cuevas habitadas

Los primeros yacimientos elegidos por los aborígenes para su establecimiento difieren notablemente de los que posteriormente se habitan o de los que se utilizan como enterramiento. Reunían tres condiciones principales:

  • Amplia capacidad con bajo índice de humedad y temperaturas anuales homogéneas.
  • Orientación al sureste, recibiendo bastante calor y luz durante el día.
  • Altura interna máxima de 3 metros, lo que permitía la vida de manera cómoda.

El acceso a zonas de cumbre, dominadas por el fayal-brezal y el pinar, se realiza en momentos muy cercanos a la conquista, siendo la zona de mayor ocupación la correspondiente al bosque termófilo. Las cabañas se emplearon como sustituto de las cuevas donde éstas escaseaban, ubicándose la mayoría en zonas de cumbre relacionadas con la actividad ganadera.

Las cuevas de enterramiento

Para las cuevas de enterramiento se utilizaron las más inaccesibles como característica principal, aspecto que se mantiene en los primeros momentos de ocupación, aunque a medida que aumenta la presión demográfica se usa cualquier oquedad que permita efectuar un enterramiento. En su mayoría son cuevas sepulcrales individuales, aunque también existen casos de enterramientos colectivos.

La introducción de los cadáveres en su cueva sepulcral se realiza junto con el ajuar funerario: cerámica y útiles utilizados en vida.

La colonización tras la conquista castellana

La colonización de la isla después de la conquista castellana provocó cambios sustanciales. Se avecindaron en la isla flamencos mercaderes, castellanos y portugueses, siendo La Breña una de las zonas preferidas por éstos para establecerse. Muchos de estos portugueses eran judíos que buscaron refugio en la isla huyendo de los interrogatorios practicados por el Tribunal del Santo Oficio.

En 1823 se cifra la población de Breña Baja (ya segregada de Breña Alta) en un total de 1.141 personas, distribuidas en los cuatro únicos pagos que componían el pueblo: Cantillo, Monte, Montaña y Las Ledas. El poblamiento era disperso y diseminado por caseríos con ubicación en lugares feraces y con agua. La mayor parte de las viviendas eran pajizas establecidas en viñedos, lo que habla de la riqueza vinícola del lugar tanto en calidad como en cantidad.

A finales del siglo XIX, René Vernau describe a Breña Baja como un lugar formado por algunas casitas cubiertas de paja, diseminadas por todas las pendientes, una iglesia, algunas viñas y palmeras. Los vecinos vivían distantes de la parroquia al no existir ningún núcleo de población concentrada.

El casco de San José

El casco de San José nunca llegó a constituirse como centro urbano, simplemente agrupaba los edificios públicos y religiosos: la casa donde se depositaban los muertos, la cárcel, el Ayuntamiento, la escuela, la vivienda del cura y el nuevo cementerio.

Un año después de la segregación de Las Breñas en dos pueblos se construyó, junto a la antigua Ermita de San José, el edificio para el Pósito de Granos, que después de 1812 fue transformado en casa consistorial.

La riqueza vinícola de La Breña

Desde principios del siglo XVI, La Breña se convirtió en la mejor zona vinícola de la isla. Las tierras pedregosas y faltas de agua eran especialmente apropiadas para este cultivo. Por entonces, la exportación de vinos a las colonias americanas representaba la principal riqueza de La Palma, especialmente el vino de malvasía de Las Breñas.

"Los mejores vinos de La Palma se crían en un cantón llamado Breña que produce todos los años mil doscientos barriles de malvasía; y es de la misma fertilidad en frutas y granos."

— Thomas Nichols, 1560